Ciprés: enraizar cuando estoy acelerada

Hay días en los que llego a casa y noto que el cuerpo está en otra marcha. La cabeza aún pensando en lo que falta, las manos inquietas, esa sensación de que todo va demasiado rápido. Esos días es cuando saco el ciprés.

No es un aceite que hable mucho de sí mismo, ¿sabes? Frente a los cítricos que gritan, o el incienso que te envuelve, el ciprés es más discreto. Pero cuando necesito frenar, cuando siento que estoy como en bucle sin poder parar, es mi respuesta. Su aroma tiene algo que te tira hacia abajo, que te planta en el aquí y ahora.

Cómo lo uso cuando voy acelerada

Lo que hago es sencillo: diluyo una o dos gotas de ciprés en un poco de aceite de coco fraccionado y me doy un masaje en las muñecas. Lo hago al llegar, casi como un gesto de transición entre afuera y en casa. Respiro mientras me lo paso, y es como si le dijera al cuerpo: vale, aquí estamos, aquí nos quedamos.

A veces también lo difundo en el salón los días que llego con los nervios a flor de piel. Así, mientras hago otras cosas —preparar algo para Manu y mi hija, ordenar un poco— el aroma está ahí, trabajando sin que tenga que pensar en ello.

Por qué funciona conmigo

El ciprés tiene una cualidad muy grounding. Es como si pisara el freno que tu mente no puede pisar sola. No es una relajación dramática, es más bien una «vuelvo a mi centro» tranquilo. Notas que los hombros bajan, que la respiración se hace más profunda. Y eso que antes parecía urgente de repente no parece tan urgente.

Después de veinte minutos con el aroma en el ambiente, o con esas gotitas en las muñecas, vuelvo a notar mis pies en el suelo. Y eso es lo que necesito: recordar que puedo elegir la marcha a la que me muevo, aunque el día haya sido de locos.