Qué hago cuando noto que me acelero por dentro

Hay días en los que me doy cuenta de que estoy acelerada. No es que esté nerviosa exactamente, es más bien eso: la cabeza a mil, el cuerpo queriendo estar en cinco sitios a la vez, sin poder parar. A veces lo noto a media mañana, otras veces cuando llego a casa después de una semana complicada.

Cuando me pasa, lo primero que hago es reconocer que está pasando. Suena raro, pero el simple hecho de decirme «vale, ahora estoy acelerada» ya cambia algo. Es como cuando reconoces que tienes hambre y dejas de sentirte mal sin haber comido todavía.

Después voy a mi estantería y saco el abedul. Es un aceite que no es tan famoso como otros, pero a mí me ancla como nada. Tiene algo terroso, cálido, que me ayuda a bajar una marcha sin dormirme. No es sedante, es más bien ese aceite que te pone los pies en el suelo.

Lo que hago es simple: un par de gotas en las manos, las froto, respiro profundo durante unos segundos. Mientras inhalo, intento notar dónde tengo esa aceleración en el cuerpo —muchas veces es en el pecho o en los hombros— y digo algo como «ya está, tranquilo». No es nada mágico, pero el gesto completo (respirar, el aroma, el movimiento) sí que me centra.

Luego, si estoy en casa, pongo un poco en un difusor en la habitación donde voy a estar. Así sigo teniendo ese apoyo del aroma sin tener que pensar en ello. Y normalmente dentro de quince o veinte minutos noto que he bajado la velocidad.

Si estoy fuera de casa o en el trabajo, me pongo una gota diluida en un poco de aceite de coco fraccionado en la muñeca o en el interior del codo. Es mi plan B: discreto, rápido, y me acompaña hasta que pueda encontrar un momento para respirar de verdad.

Lo que he aprendido es que no se trata de esperar a llegar a la noche para relajarme. Ese acelere es una señal de que necesito justo en ese momento hacer algo. Y cuando lo hago, el resto del día fluye diferente.