Septiembre y la vuelta a la rutina: cómo lo llevo yo

Septiembre siempre me pilla desprevenida. De repente vuelven los horarios, las prisas y esa sensación de que el día se queda corto. Mi hija vuelve al colegio, en casa se retoma todo lo que llevaba semanas parado, y yo noto cómo la cabeza se me pone a mil.

Con los años he dejado de pelearme con eso. Ya no intento tener la rutina perfecta el día uno. Lo que busco es que el cambio no se sienta como un salto al vacío.

Por la mañana, algo que me ponga en marcha

Los días que me cuesta arrancar, difundo pomelo mientras desayuno. Es fresco, cítrico, y me pone en marcha sin agobio. No lo hago cada mañana: lo saco justo esos días en los que levantarse se hace cuesta arriba.

Si voy con prisa y ni me da tiempo a encender el difusor, me pongo un par de gotas en las muñecas con un poco de aceite de coco fraccionado, y a seguir. Me gusta llevarlo encima porque el aroma me acompaña un rato largo.

Por la tarde, justo lo contrario

Lo de septiembre no es solo arrancar. Lo difícil, al menos para mí, es parar. Llego a media tarde con el cuerpo todavía en marcha y la cabeza dando vueltas a lo que queda por hacer.

Ahí cambio a cedro. Tiene algo más amaderado, más de poner los pies en el suelo, y me ayuda a cerrar el día sin llevarme la lista de pendientes a la cama. Unas gotas en el difusor del salón, mientras recojo, y noto que bajo una marcha.

Esa es toda mi rutina de septiembre: un cítrico para empezar y algo más profundo para terminar. Ni plan perfecto, ni nada que apuntar en ninguna parte.

Y sin culpa

Lo que de verdad me ha servido estos años es dejar de exigirme que septiembre me salga redondo. Va a llegar igual, como todos los años, con su lista de cosas y su cuesta de los primeros días.

La diferencia está en darte el respiro cuando el cuerpo te lo pide, y dártelo sin sentirte mal por ello. Si un día no te apetece ni encender el difusor, no pasa nada. Mañana sigue ahí.